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EntrePalabras&Recuerdos

Recuerdos, reflexiones y, sobre todo, palabras.

Dudas.

A día de hoy no consigo adivinar si dudar es bueno o malo. Últimamente, mi cabeza ha estado constantemente en duda. Dudar si es mejor irse o quedarse, si es mejor desaparecer por un tiempo o no hacerlo, si es mejor dejar de dudar. Ojalá no dudara, ojalá todo estuviera seguro. La estabilidad es seguridad, y no tengo nada seguro ahora mismo. No sé si hago bien o mal, no sé por qué pienso lo que pienso, no sé qué pasa con mi alrededor.

¿Sabéis lo peor de esto? Que las dudas sólo acaban cuando haces preguntas, y no estoy segura si quiero saber las respuestas. No estoy segura si estoy preparada para saber la realidad (sea o no buena), y no tengo nada seguro. Nada. Y qué miedo. Odio la inseguridad, sobre todo, porque toda mi vida ha estado acompañándome o persiguiéndome más bien. Se que dicen que es mejor arriesgar, lanzarse al vacío sin mirar al suelo. Pero no puedo. Y es que no sé qué hacer, no sé si quiero seguir con toda esta mentira, si quiero seguir teniendo dudas y si quiero seguir estando mal por todo esto.

Igual es hora de dejar que todo me resbale, que nada me influya. Igual es hora de intentar olvidar todo lo que siento o haya sentido ahora mismo. De decirle al corazón que deje de latir por cierta gente, que siga latiendo por otra gente, o que lata, pero por nadie. ¿Por mí, quizás? Igual es hora de dejar las dudas, de empezar de nuevo, de dejar atrás todo lo que he pasado y de seguir adelante pero a la vez reconstruyendo mi interior. Dejando lo bueno, obviamente. Cambiando lo malo. Cambiando lo dañino. Igual es hora de ser feliz de una vez, o al menos luchar por conseguirlo. Y luchar por empezar a sentir. Luchar por vivir. Luchar por olvidar.

Fortaleza.

Muchas personas: diferentes, iguales o como quieran ser; porque, al fin y al cabo, cada uno es lo que quiere ser y, sobre todo, como quiere ser. Las personas iguales, las que tienen que imitar a otras, seguirlas, copiarlas: no tienen personalidad. Esas que tienen que insultar para sentirse mejor consigo mismas y para sentirse superiores, pero no lo son. Ni mucho menos. Al contrario. En mi opinión, aquellas personas que se creen mejores y que, por ello, tienen que criticar, hacer la vida imposible o simplemente meterse con alguien, no merecen la pena; la dan. ¿Qué sentido le veis a hacer eso, a hacer sentir mal a los demás? Hay que vivir y dejar vivir. Pero mucha de esa gente parece que no lo entiende.

En este mundo tiene que haber de todo tipo: más o menos altas, más o menos delgadas… de todo. Pero no por ello hay que insultar. Con esto solo quiero deciros que cada uno es como es y no por ser de una manera o de otra es menos que otra persona. No hagáis lo que no os gustaría que os hicieran. Poneos en el lugar de la otra persona antes de hacer cualquier cosa, pensad un poquito más en los demás, en los que tenéis alrededor. Al menos un poquito.

Y si, por casualidad, estáis pasando por un mal momento, os hacen sentir mal en cualquier sitio: contadlo. No os calléis nada, no hagáis que las personas que os hacen mal ganen y se salgan con la suya. No hagáis caso a las palabras de gente que tiene que insultar para sentirse mejor porque generalmente son mentiras y más mentiras lo que sueltan por la boca. No os dejéis vencer, nunca. No cometáis el mismo error que cometí yo. Buscad ayuda y sed muy fuertes, rodeaos de buena gente que os quiera. Podéis con todo y con más.

Haced del mundo un buen lugar y sed felices haciendo felices a los demás.

Cosas imposibles.

Rabia, claro que me da rabia. Ver como se me escapa entre las manos todo lo que quería y tenía, todo lo que pudo ser pero que no fue. Y duele, duele ver como cambian las cosas, como todo pasa. Y se queda en el olvido. O al menos, en el olvido de los demás porque, al menos yo, lo sigo reteniendo. Quizás por no caer del todo, por aferrarme a algo aún siendo imposible. Sí, hay cosas imposibles. ¿Y ahora qué hago con todo lo que tenía planeado? ¿Con todas esas historias que creamos, con todas las aventuras, momentos que imaginé? Rotos, lejanos, difíciles e imposibles. Sueños, sólo sueños. Sueños que jamás se cumplirán e historias jamás contadas que nunca nadie sabrá, que no saldrán a la luz. Que se quedarán conmigo todas las noches, todo el tiempo, hasta que por fin quieran dejar de torturarme y se vayan de mi mente. Queda mucho, muchísimo para eso. Lo sé, y es lo peor. Impotencia, eso es lo que siento. Impotencia de no poder hacer que se vayan todos los recuerdos, todas las palabras que nos dedicamos, que me decías y que te decía. Todo lo nuestro, porque sí, lo considero sólo nuestro aunque ahora se lo digas a mucha más gente, aunque para ti no sea nada especial. Nada del otro mundo. Me sorprende lo rápido que pudiste olvidar, lo rápido que me dejaste atrás. Ojalá tuviera esa capacidad, de verdad, es lo que mejor me vendría.

No se puede hacer nada. Simplemente, esperar a que te vayas para siempre de mi mente, de mi vida o de mi corazón. O de todo eso junto.

Cosas imposibles.

Placeres de la vida.

Siempre hay malas rachas, baches que piensas que es imposible superar, obstáculos que te vienen grandes… Pero, ¿nos hemos parado a pensar en los placeres de la vida? Pequeños, grandes… al fin y al cabo: placeres. Y quiero hablaros de ellos.

Ver reír a alguien y que sea por ti, hacer sonreír simplemente. He tenido la suerte de ver cómo sonreían mientras lloraban, ver cómo ayudaba, y esa sensación es increíble. Ayudar a los demás y que te den las gracias, saber que tienes a gente que no se va a ir de tu lado jamás, abrazar. Sí, dar abrazos para mí es lo mejor, y me encantan porque me hacen sentir genial. Pasarlo bien tanto con tu familia como con tus amigos, eso si que es un gran placer. Que te de un ataque de risa o hacer el tonto sabiendo que ellos harán lo mismo, que nada te importe por un momento y sentirte querida, acompañada, feliz…

Mirar al cielo, ver las nubes si está nublado o el sol si está soleado. Cantar o bailar bajo la lluvia, sin importar cuánto te mojes o cómo llegarás a casa, taparse si hace frío. Llorar de la alegría, de la emoción, de la felicidad. Hacer cosquillas, contar experiencias y hablar con esa persona que echas de menos. Mirar en general también es un placer, a mi parecer. Las miradas esconden sentimientos y hablan por sí solas; incluso puedes enamorarte de ellas si saben cómo embaucarte. Ver una película, disfrutar de un juego, hacer deporte… Aprender también, y más si es algo que te apasiona desde siempre. Ver a niños pequeños jugar como locos, recordar viejos tiempos… Pararse a reflexionar, a pensar, a soñar. Porque soñar es muy bonito, aunque no siempre hay que vivir soñando, sino abrir los ojos y luchar por conseguir vivir tus más amados sueños. Leer, meterte de lleno en otro mundo muy alejado de la realidad para no pensar en ella y desconectar. Conseguir eso que has estado buscando mucho tiempo y ver que tu esfuerzo tiene recompensa. Días en familia que rebosan de alegría por todos lados… Hay tantos placeres de la vida que podría decir y tantos que me dejo atrás…

Con esto sólo quiero animaros a que le sonriáis a la vida, a que empecéis a valorar esas pequeñas pero a la vez grandes cosas del día a día y que, en conjunto, forman la felicidad. Que las uséis para derrotar a todos vuestros demonios, que derribéis los obstáculos que se os presentan. Luchad, porque es vuestra vida y nadie lo hará por vosotros. Las pequeñas cosas son las más grandes, sólo hay que fijarse y saber distinguirlas.

Afloja el ritmo y párate a disfrutar de toda la belleza que te rodea, de todas las pequeñas cosas. De los placeres de la vida.

Cuidado…

Cuando quieres darte cuenta, te encuentras llorando en tu habitación, escribiendo unas estúpidas palabras que no esperas que lea nadie. Unas palabras que te queman por dentro y que no queda más remedio que sacarlas de alguna manera.

No esperabas que fuera cierto, ni siquiera esperabas que durara para siempre: pero esperabas algo. Y no. De nuevo la que pierde eres tú, de nuevo la que se fastidia, a la que dañan, es a ti. No sabes qué hacer, ni qué pensar, nada. Incluso te gustaría no haber vivido nada, no haber conocido a nadie, con tal de que no estuvieras ahora así. Sólo quieres salir corriendo y huir a algún lugar remoto donde nadie te pregunte nada, ni te cuestione nada, ni te conozca.

Se esfuman tus ganas, tu alegría, todo. Y entonces llega la rabia. La rabia de haber caído de nuevo, de haber pasado por lo mismo, de no haberles hecho caso a los que te advirtieron: “No, no es para ti, no creas nada. Las palabras son sólo eso, palabras. Pero se las llevará el viento, y entonces estarás perdida. Serás la tonta que creyó y a la que abandonaron.” y así fue. Qué ilusa, qué tonta.

Por eso, desde el fondo de mi corazón, desde todo esto que siento ahora, os digo y os aconsejo: no os creáis nada. No deis, nada. A nadie. Tened cuidado en quién confiáis, por quién sentís. A veces, lo mejor es no sentir nada, no cogerle cariño a nadie. Si eres de hielo, es más difícil que te rompan.

Ya está bien de dar mucho y recibir poco. Ya está bien de que me hagan daño, ya basta de que se rían de mí. A veces es mejor ser como la piedra más dura, como el hielo más frío: incapaz de ser roto y dañado. Tened cuidado.

Días.

Días nublados. Días sin vida, sin color, sin alegría, sin nada. ¿Por qué?

En ocasiones te paras a pensar y reflexionas contigo mismo/a. ¿Qué es lo que no me hace feliz? Tengo buena gente a mi lado, amigos y amigas que me quieren, familia que me adora, soy afortunado/a porque tengo muchas facilidades que, aunque veamos básicas, mucha gente pobre no tiene… ¿Qué pasa? ¿Por qué no me siento bien? Entre éstas últimas, miles de preguntas rondan por mi cabeza buscando una respuesta que no encuentro. Es esa sensación de que me falta algo o alguien, no sé. Nunca es bonito sentirse vacío por dentro.

Tristemente, nunca nos damos cuenta de lo que tenemos hasta que lo perdemos. Y digo tristemente porque me da mucha pena. Pueden pasar miles de cosas que hagan que te distancies, que te alejes, que te aísles…aún siendo un error. Y luego viene eso de echar de menos. A mí, personalmente, no me gusta nada. Porque uno de mis muchos defectos (o como lo queráis ver) es no poder olvidarme de las cosas, de las personas o de las situaciones. De nada, sea bueno o malo. Y es una mierda. Siempre, a todo lugar que voy, todo lo que escucho o todo lo que hago me recuerda algo de alguna persona o situación. Eso me lleva a decir que constantemente tengo en mi cabeza a gente y momentos buenos o malos. Gente que puede que siga a mi lado o…puede que no. Y ese es el problema y de ahí es donde viene todo: de echar en falta, de la necesidad de tener a personas que se fueron o que se cansaron de quedarse en nuestra vida. Y duele, duele mucho.

Por eso os digo: no os dejéis llevar por nadie ni por nada, haced lo que os de la gana siempre dentro del buen sentido. Nunca le hagáis a los demás lo que no os gustaría que os hiciesen y pensad un poco en los que tenéis alrededor. Estad ahí para ellos, cuidadlos y mimadlos mucho, porque seguro que merecen la pena. Y quién no la merezca, que no permanezca con vosotros. Sabed elegir a gente que no sea tóxica y que os haga sentir bien en todo momento. Y, en serio, tened mil ojos con todo el mundo, no os dejéis cegar ni engañar por nadie ya que, desgraciadamente, hay muchas dobles caras en este mundo, y causan mucho dolor. El que es de verdad lo va a demostrar al fin y al cabo. No perdáis tiempo en quién no os conviene y centraos en los buenos. Los días son muy cortos y hay que aprovecharlos al máximo, porque tienen fecha de caducidad.

Que no sólo sean días lo que viváis sino recuerdos únicos e imborrables. De esos que, cuando los recuerdas, te llenan de felicidad.

¿Buscar?

Muchas veces (por no decir siempre) queremos buscar algo que nos ayude a ser mejores, buscar eso que te haga progresar día a día, superarte, esforzarte. Pero, ¿se trata de buscar?

Generalmente, todos pensamos así. Que hay que ir a encontrar ese algo, ese alguien que te haga feliz. Pero, ¿sabéis lo que os digo? Creo que nos equivocamos. Pienso que lo que es para ti no tienes que buscarlo ni forzarlo, por muchas ganas que tengas. Ni tampoco elegirlo. Más bien, te elige a ti quien o lo que sea que sea. ¿Y qué mejor? A menudo nos llevamos alguna decepción que otra, muchos palos a lo largo de nuestra vida pero: somos nosotros los principales causantes. Sí, nosotros. Y eso es justo por querer que algo sea lo que buscamos, por pensar que eso es solo tuyo y que va a seguir siéndolo el resto de tu vida y, luego, no es nada. Es solo algo que tenía que pasar para que te dieras cuenta de que no, que tienes que dejarlo ir. Porque, amigos y amigas, todo pasa y todo llega. Se que parecerá muy típico pero es la única y verdadera realidad. No hay que tener prisa para nada, no hay que obsesionarse. Disfrutar con todo lo que llegue porque no sabes si es o no lo que te elige. Lo que va a quedarse en ti hasta que todo desaparezca, hasta que todo se desvanezca o hasta siempre.

Y de verdad os digo: esperad. Nunca os canséis de hacerlo, nunca cerréis vuestras puertas y nunca seáis negativos/pesimistas. Hay que saber sonreírle a la vida y seguro que ella hará lo mismo con vosotros. O lo intentará. No os digo que siempre se pueda ser positivo, pero luchad con toda vuestra alma y todo vuestro corazón por ello aunque os quedéis en el camino, es mucho mejor fallar intentándolo que no haberlo intentado nunca. No queda otra. Y siempre se puede seguir hacia delante, levantarse y continuar con ese largo camino que nos queda. Que vean lo maravillosos que sois y que no se imaginen una vida lejos de vosotros pero jamás olvidéis que, mientras tanto, disfrutad del camino, de la gente, de los colores, de las nubes, de las flores, de los olores, de las sonrisas, de todo… Y construid recuerdos que valgan la pena compartir y que enamoren. Parad de buscar y dejad que os encuentren.

Unir los puntos.

Estoy en esos días en los que no sé cómo me siento. De esos en los que cuando me preguntan ‘¿qué tal?’ no sé qué responder. O quizás si lo sepa pero no quiera verlo. Dicen que no hay peor que el que no quiere ver por muy duro que sea mirar, y tienen toda la razón. Pero qué duro es, qué pena da ver como todo cambia sin que quiera que lo haga, sin que pueda controlarlo.

Últimamente estoy sufriendo muchísimos cambios en mi vida, ya sea por el sitio donde estudio, por el cambio de ambiente y de gente, por el cambio en mí que todo ocasiona… No sé. Y qué rabia no saber en estas situaciones, ¿no os parece? Toda la vida buscando un cambio que haga que me sienta feliz, y no llega. O quizás, puede que haya llegado y no me haya dado cuenta. Lo cierto es que todo esto no podría estar escribiéndolo sino fuera por Steve Jobs. Sí, amigos. Os lo voy a explicar.

Algo que debéis saber sobre mí es que veo más YouTube (y/o Booktube) que la televisión, y me encanta. Entre unas cosas y otras, unas palabras u otras, he acabado viendo un discurso de Jobs, y qué bonito. Constaba de tres historias de su vida, a cual más dura, pero que a la vez ha generado felicidad en él. Una de ellas (y con esta me voy a quedar para intentar explicar lo que quiero transmitir con todo esto) es “unir los puntos”. Le pasaron cosas verdaderamente horribles en su vida que le llevó a estar muy mal pero, esas mismas terribles cosas, más tarde hicieron que su vida diera tal cambio a mejor, que jamás podría habérselo creído. “No podrás ver el arco iris sin un poco de lluvia”. Sólo le bastó confiar en que todo mejoraría, seguir adelante siguiendo sus sueños, siguiendo sus pasiones y haciendo lo que realmente ama y le llena. Y de ahí viene lo de unir los puntos: jamás podrías pensar que algo que ahora te rompe por dentro, más tarde hará que irradies felicidad; jamás podrás unir los puntos mirando hacia delante, sino hacia atrás. Confiando de alguna manera en que esos puntos se unirán en el futuro, teniendo fe en lo que quiera que creas.

Por eso, no sé si estos cambios que tengo hoy en día harán de mí alguien extremadamente feliz en el futuro, pero jamás perderé la fe en que mis puntos se unirán para crear algo precioso. Tan precioso que cuando mire hacia atrás pueda decir que no me arrepiento de nada. Tan precioso como la felicidad.

Primeros recuerdos.

Para estos primeros recuerdos debería regresar al tres de septiembre de este mismo año, 2015. Un día muy especial para mí, porque cumplo años. Y recuerdos, y experiencias…cumplo muchas cosas.

Todo empezó regalándome algo que ansiaba: el frío. Podríais pensar que soy tonta por decir algo tan insignificante, pero sí. Para ser sinceros desde el principio, soy más de invierno que de verano; de sudaderas que de mangas cortas; de chocolate calentito y manta que de piscina y playa. Y aunque mi día sea en verano (un verano muy caluroso), amanecieron para acompañarme las nubes. Mis amadas y queridas nubes, con sus distintas formas llenas de imaginación para quién se para a darles tiempo. Mi familia me acompañaba también, siendo los primeros en desearme un feliz día. Y hablo de toda mi familia, tanto de sangre como la que he elegido yo (o más bien, nos hemos elegido mutuamente). Todos ellos estaban ahí, y qué alegría, ¿qué más se puede pedir? Unos físicamente, otros a través de internet (la distancia es algo de lo que no he venido a hablar hoy, pero lo dejo pendiente), pero todos a su manera. Y preciosa manera.

Me encaminaba a una mañana llena de sonrisas entre risas, de pasarlo bien y, de vez en cuando, algún abrazo de la abuela (los mejores, he de decirlo). También me acompañó la carretera, aunque pocas horas. Y qué bonito es viajar, por pequeño que sea el viaje. Ver otras cosas, cambiar de aires… Precioso. No me podría olvidar de la que está a mi lado en todo momento: la música. Y también eso que me regalaron los chicos de la radio, que escuchaba por casualidad, poniendo las canciones que más me gustaban (y me gustan). Un regalo que, al menos por unos minutos, hace feliz. Las horas pasaban, y la mañana llegó a su fin. Mi madre y mi padre me mimaron mucho ese día (aunque de vez en cuando también lo hacen, pero es nuestro secreto). La tarde fue increíble, pero esta vez mis amigas fueron las causantes. El tiempo parecía que corría tanto como el viento aquella tarde de verano (que se podía hacer pasar por una de otoño perfectamente). Y llegué a casa no muy tarde, para pasar tiempo con mis confidentes, con los causantes de mi alegría y/o tristeza, con los que me teletransportan a mundos fascinantes, a historias maravillosas: los libros. Y así anochecía en mi casa, en mi habitación.

Acabó mi día, lleno de momentos en familia, de kilómetros recorridos, de música, de desconocidos, de sonrisas y de risas. Repleto de sorpresas, de algún que otro regalo, de frío, de bienestar. Aunque se encontraban escondidas algunas decepciones que no quise dejar que salieran a relucir por no arruinarlo todo, pero que estuvieron y están. Pero, sin duda, lo que más guardo en mi corazón y en mi alma son todos los buenos momentos.

Y así me dormía yo, entre palabras y recuerdos.

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